Valor sentimental: el cine que no se mira, se contempla. | Reseña

Escrita por Axel D. Rodea

– ¡Mamadores y mamadoras del cine de arte!

– ¡Ey! ¡Córtala mi chavo! No puedes usar ese lenguaje.

– ¿Por qué?

– No puedes. es muy ofensivo. Mejor prueba con ¡Los más excelsos y autoproclamados eruditos y eruditas del cine de arte!

– ¿En serio?

– ¡Si! Y ocupo que sea serio, esta película es considerada ¡La mejor del año!

¡Los más excelsos y autoproclamados eruditos y eruditas del cine de arte!

Tuvimos la osadía —y el privilegio— de ver Valor Sentimental (gracias a la gentil invitación de MUBILAT) la más reciente criatura cinematográfica de Joachim Trier, ese director que desde La peor persona del mundo (2021) nos dejó claro que lo suyo no es hacer películas, sino estados de ánimo filmados. Y sí, digámoslo sin falso pudor: esto es cine, del que huele a festival, a sala oscura con público en silencio reverencial y a debates post-función donde alguien dice “es que el encuadre habla”. Cada plano está ahí para ser contemplado, cada silencio para ser sobre interpretado, y Trier, lejos de dirigir, parece susurrarle a la cámara con una elegancia que roza lo insoportable… pero en el buen sentido. Una experiencia visual tan consciente de su propia belleza que, irónicamente, se gana el derecho de ser llamada arte.

Joachim Trier, vuelve a hacer mancuerna —porque cuando algo funciona, se exprime con elegancia— con la ya ineludible Renate Reinsve, ahora flanqueada por Stellan Skarsgård y Elle Fanning, como si el casting mismo ya viniera con sello de “cine serio”. La historia, de entraña familiar y emociones contenidas al borde del colapso, avanza para recordarnos, con refinada sutileza nórdica, que los padres ausentes no son un trauma exclusivo de mis Méxicos: el abandono paternal, también es universal.

Las hermanas Nora y Agnes se reencuentran con la figura largamente ausente del padre, un director de cine de prestigio pretérito cuya reaparición no obedece a una súbita epifanía afectiva, sino a una pulsión creativa perfectamente reconocible: ofrecerle a Nora el papel protagónico de su próxima película. Ante su negativa, Gustav decide seguir adelante y convertir la casa familiar en escenario de su nuevo rodaje, confirmando que para ciertos cineastas la intimidad siempre es negociable si resulta filmable. La llegada de una joven actriz hollywoodense que acepta el papel con menor carga emocional reaviva tensiones largamente contenidas, mientras el vínculo entre las hermanas se consolida como el único refugio posible frente a un pasado que, fiel a su naturaleza, insiste en reaparecer cuidadosamente encuadrado.

Si eres de quienes encuentran placer en la gramática cinematográfica y en la minuciosa construcción del espacio fílmico, esta película te recibirá como a un cómplice. Pero si tu afinidad se inclina hacia el cine de consumo inmediato, ese que transcurre sin fricción, sin densidad y sin mayores exigencias —donde el guion apenas respira, la atmósfera es decorativa y los encuadres cumplen una función meramente utilitaria—, quizá sea prudente reservar tu presupuesto para otra oferta de la cartelera. Porque esta obra no se deja devorar: se decanta. Es un ejercicio de contemplación que exige atención, paciencia y cierta disposición al goce estético, similar a la experiencia de un vino bien macerado acompañado de un queso elegido con criterio, no para saciar el hambre, sino para celebrar el ritual.

Y sí, en mis Méxicos lindos y queridos este tema no es excepción, sino costumbre. Difícilmente una película puede erigirse como manual de empatía —y esta no lo pretende—, pero ahí reside su astucia. Lo verdaderamente irónico ocurre cuando, ya instalados en la adultez, la narración gira y nos coloca frente a una revelación incómoda: el padre ausente sabe cosas. No porque sea sabio, sino porque ha sobrevivido. Y es entonces cuando la perspectiva se fractura y entendemos que todos los padres educan desde sus propias heridas, desde aquello que nunca resolvieron. La paternidad deja de ser monstruosa para volverse trágicamente humana, y uno acepta—con cierta resignación adulta— que esos villanos de la infancia no siempre fueron monstruos, sino hombres rotos haciendo malabares con lo poco que tenían.

Respaldada por el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cine de Cannes 2025 y ungida como candidata oficial de Noruega al Óscar a Mejor Película Internacional en la edición 2026. Valor Sentimental, llegará a las salas este 25 de diciembre no para agradar, sino para reafirmar —con pulso autoral, mirada afilada y cero concesiones— que el cine, cuando se asume como tal, no pide permiso: se impone.

– ¿Así está bien?

– ¡Perfecto! Se queda.

– ¡Excelente! Oye, pero ¿Quién eres?…

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