Bugonia | Reseña
Escrita por: Danieska Espinosa
La apuesta de Bugonia es ambiciosa desde el nombre hasta su golpe final, una adaptación de la joya coreana Save the Green Planet! (2003) transformada en una sátira que mezcla ciencia ficción, conspiraciones y los monstruos internos que preferimos ignorar. Con la dirección de Yorgos Lanthimos y el guion de Will Tracy, la película reúne a un reparto encabezado por Emma Stone como una CEO secuestrada, acompañada por Jesse Plemons y Aidan Delbis, quienes dan vida a dos conspiranoicos convencidos de que están salvando al planeta.
El origen de la cinta ya era inquietante. Su preproducción comenzó en 2024, entre Inglaterra, Grecia y otros espacios europeos donde la luz y el clima parecen diseñados para dar realismo a lo absurdo. Lanthimos retoma el mito griego que inspira el título, una “bugonía” que en la antigüedad hablaba de generar vida a partir de cadáveres, y lo transforma en una reflexión sobre violencia, culpa, paranoia ecológica y el deseo de una redención colectiva que nunca llega de manera limpia.

Esta no es una fantasía escapista ni un juego de ciencia ficción colorido. Bugonia es un grito incómodo, un espejo retorcido que expone el miedo contemporáneo hacia el otro, hacia lo invisible, hacia la idea de que la salvación solo puede lograrse con medidas extremas. Lanthimos se mueve en un borde delicado entre la provocación y la lucidez, recordándonos que las verdaderas distopías no siempre nacen en planetas lejanos, sino dentro de la mente humana.
Emma Stone entra en esta película con una entrega absoluta. Su personaje exige desaparecer en una mujer poderosa que es arrancada de su pedestal y convertida en símbolo ambiguo. Para lograrlo, Stone tomó la decisión radical de raparse la cabeza, y ese gesto funciona como una declaración de vulnerabilidad y desafío. Su actuación es contenida, intensa y honesta. No interpreta el terror, lo encarna. Cada mirada, cada respiración y cada intento de aferrarse a su identidad construyen una vulnerabilidad feroz que mantiene en pie a la película incluso en sus momentos más delirantes.

Ella entrega una actuación tan valiente como perturbadora, Lanthimos firma una de sus reflexiones más oscuras, y la película misma se convierte en un espejo que nadie pide, pero que quizá necesitamos.
Jesse Plemons y Aidan Delbis funcionan muy bien juntos porque cada uno aporta una energía distinta que termina complementándose. Plemons construye a Teddy con esa mezcla de calma rara y tensión interna que él hace tan bien; lo ves hablar poco, observar mucho y cargar todo el peso emocional sin necesidad de exagerar nada. Delbis, por su parte, llega con una naturalidad que sorprende: su Don no intenta robar cámara, pero cada reacción suya ayuda a aterrizar la historia y darle humanidad a todo el caos que los rodea. Cuando aparecen juntos en pantalla, la dinámica es sencilla pero efectiva: uno sostiene la intensidad, el otro la vuelve más cercana.

El humor negro de Bugonia funciona como un filo entre escenas de tortura improvisada, paranoia compartida y un clímax que abraza el caos con sorprendente calma, surge una crítica directa al capitalismo desbordado, a las teorías conspirativas que se esparcen como polen tóxico y a la idea absurda de que la violencia puede ser un camino hacia la salvación. Las abejas, la metáfora original del mito, regresan como símbolo de una vida que solo puede nacer de un sistema en descomposición. Lanthimos no parece interesado en salvar a la humanidad, sino en obligarla a admitir su propia podredumbre.
Bugonia fascina con su ambición estética, su fotografía que roza la pesadilla, sus escenarios densos y actuaciones que duelen por su honestidad. También tropieza, por momentos, con una narrativa quebrada que alterna entre el delirio y la necesidad de coherencia. Hay decisiones exageradas y giros que buscan impacto cuando el guion pide introspección. Esa inestabilidad deja al espectador tambaleando, impresionado y, a veces, incómodo, pero siempre atento.

La película no pretende ser cómoda. No busca respuestas limpias, ni héroes que brillen sin grietas. Su fuerza está en enfrentar la descomposición emocional, social y ambiental con crudeza. Es una experiencia que provoca más preguntas que certezas, más inquietud que alivio.
Al salir de la sala queda un zumbido constante en la cabeza. No es gloria ni esperanza. Es inquietud, conciencia y el eco del desastre, una pregunta abierta que insiste en quedarse.
