
Hay películas que retratan la historia, y hay otras que se atreven a mirar directamente a la mente de quienes la marcaron con horror. Nuremberg pertenece a la segunda categoría. Más que una reconstrucción judicial, es un estudio psicológico sobre el mal, el poder y la responsabilidad individual tras la caída del Tercer Reich.
En esta versión, Rami Malek interpreta a un psiquiatra del ejército estadounidense asignado a evaluar a los altos mandos nazis encarcelados antes de los juicios. Su personaje no busca venganza ni protagonismo; busca comprender. Y ahí radica el verdadero conflicto: ¿qué ocurre cuando el profesional que debe analizar con objetividad se enfrenta a mentes que justificaron lo injustificable?

Malek construye un personaje contenido, observador, casi frágil en apariencia, pero firme en su ética. Su actuación se sostiene en silencios prolongados, miradas analíticas y diálogos cargados de tensión emocional. No es un héroe clásico; es un hombre que intenta mantener la cordura mientras escucha relatos que desbordan cualquier lógica humana.
Frente a él, Russell Crowe encarna a Hermann Göring, uno de los principales acusados. Crowe no opta por un retrato exagerado; lo presenta como un hombre carismático, estratégico y profundamente manipulador. Esa normalidad inquietante es lo que hace que su interpretación sea perturbadora. No grita, no pierde el control fácilmente; seduce con argumentos, ironía y una seguridad escalofriante.

La película convierte las conversaciones privadas entre el psiquiatra y Göring en el verdadero campo de batalla. No hay explosiones ni escenas de acción: la tensión nace del intercambio verbal, del intento constante de uno por analizar y del otro por dominar la narrativa.
Visualmente sobria, con una fotografía fría y una ambientación austera, Nuremberg evita el sensacionalismo. No romantiza ni dramatiza en exceso. Se concentra en la pregunta central:
¿Puede la mente racional explicar el mal sin justificarlo?

Más que una lección histórica, la cinta funciona como advertencia contemporánea. Nos recuerda que la atrocidad no siempre se presenta con caos y gritos; a veces se disfraza de lógica, obediencia y ambición política.
Nuremberg no busca comodidad ni entretenimiento ligero. Es una obra densa, reflexiva y necesaria que obliga al espectador a enfrentar una realidad incómoda: comprender no significa absolver, pero ignorar tampoco es una opción.

Escrita por: Odette Marisol Pérez Rocha






