
Uno de los actores que normalmente atrae al público en nuestro país es el escoces Gerard Butler, histrión que se ha encasillado en papeles de acción desde hace ya unos cuantos años. Ya fuese como Agente Especial metido en líos con los EE.UU., como un policía cazando ladrones y haciendo justicia por su propia mano, e incluso como un agente salvador enfrentando un desastre mundial. Con resultados entre palomeros y catastróficos, Butler vuelve para realizar una secuela de El Día del Fin del Mundo (Greenland, 2020) acompañado del director Ric Roman Vaughn en una nueva aventura para sobrevivir.
Una vez más y gracias al mediano éxito que tuvo la anterior cinta, Butler encarna a John Garrity, cabeza de familia que logró llevar a su esposa Allison (Morena Baccarin) y su hijo Nathan (Roger Dale Floyd) a buen puerto de un apocalipsis en el que la tierra cambió por completo su cara. Ahora, unos años después, la supervivencia del grupo en el refugio es insostenible, por lo que los Garrity y un grupo de personas buscarán migrar exitosamente desde este lugar hacia un aparente paraíso generado por un cráter en medio de una inestabilidad y lo desconocido de un planeta cambiante.

Cuando la primera parte proponía interesantes reflexiones sobre el fin del mundo que se venía de forma sobria y hasta seria con todo y sus exageraciones, El Día del Fin del Mundo: Migración tiene una interesante premisa que termina por convertirse en algo insostenible queriendo copiar en parte lo que había funcionado bien de la antecesora con un tremendo sin sentido que causa más estragos en la historia que el panorama postapocalíptico en el que se desarrolla. Y aunque de inicio propone temas como la pérdida de ciertas libertades y la claustrofobia de cohabitar un lugar bajo tierra, esta secuela pierde la tensión y el drama necesario para inclinarse por el espectáculo.
Una de las cuestiones más raras de esta secuela es que no respeta sus propias reglas. Por ejemplo, el aire del exterior del bunker es tóxico, pues a final de cuentas sucedió prácticamente un invierno nuclear producido por la caída de meteoritos en la Tierra. Y al principio, vemos cómo eso se respeta mientras John se aventura a buscar recursos para continuar sobreviviendo. Sin embargo, Roman Vaughn se olvida de ello a conveniencia junto a otros factores como la enfermedad de su hijo yu las irregularidades fuerzas naturales que presentan un peligro para acentuar la aventura de los Garrity y sus compañeros de viaje que, en efecto, terminan siendo carne de cañón.

Claro que la escala es más grande a la anterior, aunque nuevamente repita de inicio los tropos de ir encarando retos mientras mantiene la unión de su familia, añadiéndole un predecible drama al posible destino de John, con un Butler que va en automático repitiendo la estoicidad que le corresponde con una pizca de drama. Y aunque la migración y su importancia no son tomadas en vano, no parece profundizar del todo en esos dilemas producidos cuando alguien que no corresponde a un lugar cruza esas fronteras provocando diferentes reacciones. Todo se va acomodando a pisa y corre en el afán de que los Garritylogren llegar a la tierra prometida, sin más.
Aunque llevan trabajando ya juntos en cuatro cintas, esta vez la química para crear secuencias tensas y dramáticas en el desolador panorama de supervivencia que este este mundo devastado, éstas caen en el absurdo más de una vez, restándole impacto a lo que podía ser un muy interesante debate entre otro aspecto que no se explora del todo: el futuro de la vida misma en un planeta que hemos devastado y que depende de las nuevas generaciones para crear ese verde sinónimo de vida en lugar del desolado gris de la muerte y las guerras, algo que también es mostrado muy banalmente en el filme.

Ni qué decir de ese problema con los personajes de relleno, que existen de más en todo este universo y solamente sobre explican alguna situación para que los Garrity lleguen a buen puerto. Es aquí que el drama dentro de esta secuela falla varias veces en crear un sentido humano y que termina por no ayudar a los protagonistas en problemas, sino por convertirlos en cargas que no detonan o son capaces de desarrollar la suficiente empatía. Aunque vaya, tampoco existe realmente un arco tan profundo al que llegar, lo cual resta el interés de la audiencia a diferencia de la antecesora, donde sí había un riesgo en el lazo familiar roto entre John, su esposa e hijo.
Si tal vez El Día del Fin del Mundo: Migración no se tomara tan en serio y ejecutara de mejor forma los tropos de los que depende un espectáculo de fin del mundo, podría entenderse como un mero entretenimiento serie b de supervivencia, pero es en sus contradicciones donde termina por hundirse en un cráter argumental tan hondo como los cráteres que han dejado los meteoritos en este universo. Así, este viaje de poco más de hora y media se siente aburrido por ratos al no ver un verdadero avance ni en la causa ni en los personajes mismos, algo que medios e recupera hacia el final del filme pero de una forma tan absurda que uno se pregunta ¿para qué sobrevivir y luchar por un futuro si la humanidad pelea hasta por la tierra devastada?

Con una banda sonora que no destaca y carece del sentido épico necesario, así como unos efectos especiales dignos de la serie b a la que corresponde, esta aventura de Gerard Butler podrá convencer a los más fans del escocés, pero navega con bandera de entretenimiento que podría funcionar mejor en casa que en la pantalla grande, en una aventura donde el oasis de salvación se encuentra después de variables peligros muy distantes de un mundo real, topándose con pared al no lograr la sensación principal de divertimento básico, algo que logra al inicio con unas secuencias que termina por provocar más bostezos y desesperación con sus posturas aleccionadoras que no aterrizan del todo bien.
Pero sobre todo, El Día del Fin del Mundo: Migración se olvida de que la madre naturaleza es feroz y siempre reacciona a lo que le hacemos, haciendo de lo que originalmente era una película de desastre ambiental interesante en una aspiración a recordarnos que hay que tratar mejor al mundo aunque ya lo hayamos destruido. Al final, claro, hay esperanza, pero a qué costo.






