¡Ayuda! (Send Help, 2026) | Reseña

Ayuda

Utiliza el naufragio como un escenario extremo para exponer algo mucho más reconocible: cómo el poder se sostiene más en la percepción y la jerarquía que en las verdaderas capacidades. Sam Raimi construye una historia que, bajo la apariencia de supervivencia, funciona como un experimento psicológico donde la manipulación, el control y la dependencia se vuelven el verdadero conflicto.

Desde el aislamiento inicial, Linda demuestra habilidades prácticas que resultan esenciales para mantenerse con vida: sabe cómo conseguir alimento, cazar, recolectar fruta y tomar decisiones estratégicas para sobrevivir. Estas capacidades obligan a Bradley a depender completamente de ella, invirtiendo de forma abrupta la dinámica que ambos sostenían en el entorno corporativo. El hombre que en la oficina ejercía poder, humillaba y minimizaba las habilidades de Linda, queda reducido a una posición de vulnerabilidad absoluta.

Este cambio no es solo físico, sino profundamente psicológico. Bradley entra en conflicto al perder el control que antes le otorgaba su cargo como jefe; la autoridad que ejercía en la empresa desaparece en la isla, revelando que su poder estaba sostenido por un sistema y no por competencia real. Ahora es él quien debe obedecer, seguir instrucciones y aceptar su dependencia de una mujer a la que antes subestimó. Raimi subraya esta inversión con incomodidad deliberada, mostrando cómo el ego masculino se fractura cuando ya no existen títulos ni jerarquías que lo respalden.

La película da un giro inquietante al revelar que el naufragio y el aislamiento no eran completamente reales. A través de técnicas psicológicas claras —desinformación, control del entorno y manipulación emocional— se construye la ilusión de abandono, mientras siempre existió una casa perteneciente a un millonario y una posible vía de rescate. La llegada de ayuda por parte de la prometida de Bradley y un hombre enviado como apoyo termina por desmontar la narrativa de accidente y transforma la experiencia en una puesta en escena calculada.

Linda, al ocultar la verdad de que la isla no estaba del todo desolada, deja de ocupar el lugar tradicional de víctima. Su silencio se convierte en una forma de resistencia dentro de un sistema que históricamente la había invalidado. La confrontación final entre ambos no es solo una pelea física, sino la culminación de una lucha por el control narrativo y simbólico. El desenlace, con Linda como única sobreviviente tras aniquilar a su jefe, no busca redención ni suavidad moral, sino una ruptura definitiva con la dinámica de abuso y subordinación.

El epílogo refuerza el discurso de empoderamiento sin ambigüedades. Linda reaparece como una figura pública, famosa, jugando un torneo de golf y anunciando la publicación de un best seller sobre lo vivido. La escena final, recorriendo la carretera en su convertible acompañada de su periquito, funciona como una metáfora clara y provocadora: sobrevivir a un naufragio no es tan distinto de sobrevivir a un sistema machista y opresor que, en el ámbito laboral y social, se sostiene en la humillación, la dependencia y la manipulación.

¡Ayuda! no pretende ser una historia cómoda ni ejemplar. Es una sátira oscura que incomoda porque señala cómo el poder puede desmoronarse cuando se elimina el escenario que lo legitima. Raimi entrega una película exagerada, violenta y profundamente simbólica, donde la verdadera supervivencia no consiste en salir de una isla, sino en romper con el sistema que te obligó a creer que no tenías otra opción.

Escrita por: Valeria Elizabeth Aguirre Sanchez

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