
Tomando como inspiración la segunda parte del popular videojuego lanzado por Konami a finales de los 90s y principios de este siglo, Terror en Silent Hill: Regreso al Infierno, también trae de vuelta al director de la primera adaptación del mismo, el francés Christophe Gans, para sumergirnos nuevamente en la cuestión psicológica y de supervivencia del pueblo maldito que da nombre a la saga. Sin embargo, veinte años han pasado desde ese primer chispazo que logró cierta aceptación de los fans con Radha Mitchell y Sean Bean de protagonistas. Tristemente, esta nueva adaptación pierde todo lo que había resultado rescatable de las anteriores versiones, incluso de aquella infamia con Kit Harington titulada Terror en Silent Hill 2: La Revelación (Bassett, 2012).

James Sunderland (Jeremy Irvine) es un artista que vive felizmente con su esposa, Mary (Hannah Emily Anderson) hasta que la tragedia los azota. En su momento de mayor angustia, James decide viajar a Silent Hill tras recibir una carta de su mujer ya fallecida, Mary. En ella, su amada lo invita a regresar a ese lugar donde solían pasar momentos felices. Pero a medida que él explora el pueblo, se enfrenta a sus propios demonios y a criaturas que representan sus miedos y culpas rodeado de una atmósfera inquietante que invitaba a sufrir al lado del protagonista esos temas de dolor, pérdida y si, de los pecados y cargos de conciencia que todos tenemos.
Aunque la premisa puede sonar bastante interesante, Gans no logra nunca capturar siquiera una atmósfera de suspenso ni mucho menos esa sensación de locura insana que, tanto el videojuego clásico como la misma primera cinta, si lograban transmitir. Y es que la primera entrega no estaba exenta de sus problemas argumentales, pero todo cobraba cierto sentido a pesar del ritmo que tenía. Aquí, Regreso al Infierno se esfuerza tanto por simular al juego que genera una calca del mismo, pero que trasciende ni se deja de sentir como una cinemática del mismo en la que no podemos apretar un botón para continuar, algo que también le sucedía a otra adaptación de videojuego llamada Resident Evil: Bienvenidos a Raccoon City (Roberts, 2021).

Ese tipo de problema se suma a que el guion mismo de la cinta se vuelve un manojo tan complejo en sí mismo que carece de todo sentido. En su afán por crear una historia de terror psicológico, Gans, junto a William Schneider y Sandra Vo-Anh, generan un revoltijo sin pies ni cabeza que se vuelve pesado de ver debido a un ritmo cansino en donde no se explica absolutamente nada de lo que sucede. Por momentos, estamos en el presente, luego en el lado oscuro de Silent Hill; en otros instantes andamos en un hospital pero luego en un hotel ardiendo. Y todo concluye en una especie de ciclo sin ton ni son que resulta no solo frustrante sino aburrido.
Si bien habrá fanáticos que defiendan ese argumento, realmente es porque Terror en Silent Hill: Regreso al Infierno les ofrece meramente guiños, regalitos y fan service con la aparición de monstruos y personajes del juego aunque en la historia realmente no ofrezcan nada o simplemente no quede claro el porqué de su presencia, muy al estilo de la terrible franquicia de Five Nights at Freddy’s, que en dos volúmenes peca en extremo de eso. Y es que Gans y compañía no pueden sacudirse el peor demonio de todos en este tipo de adaptaciones: el complacer a los fans, lo cual puede ser bueno para algunos, pero crea un sesgo enorme para aquellos que no tienen idea de este universo ni de lo que trata.

A este tipo de decisiones se le suma la terrible actuación de Jeremy Irvine como James, que lamentablemente no logra transmitir una sola pizca de desesperación, miedo o angustia conforme a lo que va enfrentando en los horrores del poblado maldito y de su mente misma. Aunque el guion trata de jugar con ese elemento de locura tratando de explicar la psique atormentada del protagonista, topa con pared una y otra vez debido a la falta de expresión que el histrión carga. Hasta existen criaturas como el Pyramid Head o las enfermeras que llegan a ser mucho más expresivos que nuestro atormentado guía, lo cual impide que uno conecte con él.
El diseño sonoro y la edición dejan mucho qué desear también, de hecho ni siquiera la banda sonora que en los juegos y en la cinta del 2006 del propio francés es uno de los puntos más fuertes, logra estar a la altura de este terror y suspenso ni de la realidad, ni de la mente fragmentada ni mucho menos del condenado pueblo de Silent Hill. Eso sí, el diseño de las criaturas hecho por Patrick Tatopoulous es bastante fiel, además de que Gans logra recuperar esa estética de su primer adaptación del videojuego de forma adecuada aunque no tan envolvente como antes.

Esos pecados son los que terminan por meterle en pie a una franquicia que no ha enfrentado buenos momentos en la pantalla grande. Y aunque en tiempos recientes, Silent Hill ha dado de qué hablar nuevamente en el mundo de los videojuegos llamando la atención de otras generaciones, todo indica que su panorama en el séptimo arte sigue tan maldito como la maldición y los eternos fuegos que terminan por hundir a este pueblo en un mundo de tortura, o para este caso, de aburrimiento, regresándonos a un infierno narrativo digno del olvido.






