
Escrita por: Danieska Espinosa.
Tras regresar de la universidad, Lucy se reúne con su familia, incluido el chimpancé Ben. Ben contrae la rabia durante una fiesta en la piscina y se vuelve muy agresivo. Lucy y sus amigos se atrincheran en la piscina e idean formas de sobrevivir al feroz chimpancé.
Lucy regresa de la universidad y en ese entorno está Ben, el chimpancé, integrado casi como un miembro más de la familia. Ahí está uno de los gestos más inquietantes de Primate: la humanización del animal no desde lo tierno, sino desde lo familiar. Ben no es presentado como “el monstruo”, sino como parte del hogar. Por eso, cuando durante una fiesta en la piscina contrae rabia y comienza a comportarse de forma violenta, la película no solo rompe la calma, rompe un vínculo.

Primate entra a cuadro como esos silencios incómodos que anuncian que algo va a salir mal, y desde ahí decide no soltarte. Es una película que entiende muy bien qué tipo de experiencia quiere provocar: incomodidad, tensión física y una sensación constante de peligro que no depende del susto fácil, sino de la espera.
Uno de los aciertos más potentes del filme es el uso del lenguaje de señas como herramienta narrativa, lo usa como un recurso dramático que trabaja directamente con el cuerpo del espectador. En un slasher tradicional, el sonido suele ser clave, el golpe musical, el grito, el ruido que te avisa que algo viene pero en Primate no. Aquí el silencio obliga a mirar con más atención, a leer gestos, miradas, manos que se mueven con urgencia. El lenguaje de señas no solo comunica información entre los personajes, también construye tensión porque nos coloca en un estado de alerta constante: cualquier error, cualquier movimiento mal leído, puede ser fatal. El silencio se vuelve amenaza.

El quiebre es brutal porque no hay transición amable. La rabia no convierte a Ben en una criatura fantástica, lo vuelve impredecible. Y eso es mucho peor. La agresividad no responde a una lógica que se pueda negociar o anticipar. A partir de ahí, Lucy y sus amigos quedan atrapados en la zona de la piscina, un espacio que se transforma en trinchera, en refugio improvisado y en escenario del horror. El agua, que suele asociarse con diversión o descanso, se vuelve límite físico y psicológico. No hay a dónde correr, solo resistir.
Como slasher, funciona sorprendentemente bien porque entiende la regla básica del género: el peligro tiene que sentirse cercano y constante. El chimpancé no es un villano caricaturesco; su amenaza es física, animal, directa. La cámara se mueve con cautela, muchas veces desde ángulos que no permiten ver del todo, obligando al espectador a completar el horror con la imaginación. Todo está pensado para que el cuerpo se tense antes de que pase algo, no después.

Hay algo especialmente incómodo y efectivo en cómo la película nos obliga a replantear nuestra relación con los animales. Ben no es “malo”. Está enfermo. Y aun así, es una amenaza mortal. Este filme no busca dar lecciones morales evidentes, pero deja flotando preguntas incómodas sobre la domesticación, el control y la ilusión de seguridad que construimos alrededor de lo salvaje cuando nos conviene. El horror nace justo ahí: en creer que entendemos lo que nunca vamos a poder controlar del todo.
El ritmo no se siente apresurado. La película se permite respirar, observar, incomodar. Cada intento de supervivencia del grupo está cargado de nervio, no de heroísmo, no hay decisiones brillantes, hay decisiones desesperadas y eso la vuelve creíble.
Primate deja una sensación rara, una mezcla de angustia y fascinación. Seguir viendo cine de este tipo se vuelve casi una necesidad cuando te das cuenta de que aún hay formas nuevas de contar el miedo, no reinventa el slasher, pero sí lo sacude, lo obliga a comunicarse de otra manera.







